Advertencia. Nadie salió herido durante la narración de este capítulo

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Ni en una producción audiovisual dejan ya este mensaje. Pero tú, que te preocupas realmente por quien está leyendo tu novela deseas que no haya ni un ápice de duda, que sepan realmente quién eres y qué es lo que estás contando, no vaya a ser que acabes generando suspense. Oh, suspense, la peor especia con la que se puede condimentar una novela interesante. Es por esto por lo que, antes de que cometas el grave error de generar una atractiva criatura narrativa, quisimos advertirte.

Tranquila, Ana no se va a acostar con el hermano de su marido. Tranquilo, lector, no mataron a ese hombre, solo generé cierto misterio para después arrebatarte la sensación de incertidumbre y, así, matar tu interés de manera tajante. Por supuesto, en esta obra solo se insinuarán crímenes horribles que jamás serán realizados. Tranquilo lector, no pienses ni por un minuto que el héroe no logrará llegar a su cometido, por supuesto, ¡es el héroe! Y no seré yo quien le ponga problemas de más.

En un arrebato de pasión literaria decides comenzar un hilo argumental para confundir al lector, no obstante, a media página piensas: <<Oh no, estoy engañando a mis pobres lectores, soy un bandido sin escrúpulos, arreglaré esto>>. Y, en efecto, ocurre algo así:

Al despertar, el cuerpo desnudo de Marcela brillaba por el efecto del sol, que se colaba entre las rendijas de la persiana. Antonio decidió preparar café, no solía quedarse hasta tan tarde en una casa ajena, o más bien, hasta tan temprano. La paranoia de su profesión, si es que así podía llamarse, le hacía desconfiar de cualquiera. No obstante, los ojos verdes de Marcela le inspiraban una mezcla de curiosidad y sosiego, eran un lugar donde sentía que podría perderse, al fin.

Antonio sonrió y se agachó para dar un beso a Marcela en los labios, que seguía profundamente dormida. Al hacerlo un brillo metálico que sobresalía bajo la almohada llamó su atención. Antonio se acercó más y levantó ligeramente la almohada sobre la que descansaba la cabeza de Marcela. En efecto, era una pistola. Los ojos de Marcela le miraban ahora.

– No me lo puedo creer, ¿me has engañado?

– No es lo que crees, hombre. Es para protegerme, ya sabes que este país no es el más seguro del mundo. Después de que una vez entrasen a casa ya me he acostumbrado a dormir con protección.

– Marcela, no me mientas.

– Te lo aseguro. Además, si fuese a hacerte algo ya lo hubiese hecho.

– Vaya, menos mal, Marcela, ya me había asustado. Pensaba que tendría que matarte o algo.

Menos mal, ¡eh! ¡Qué susto! Parecía que iba a ser interesante el personaje de Marcela y fíjate que no. Bueno, a menos que Marcela sea una cabrona y haya mentido, que sepas que esa escena es una gran mierda. No puedes crear tensión con el objetivo de cercenarla pocas líneas después. Si se genera tensión es para la que la trama obtenga mayor solidez, por lo que estos detalles deben preservar la coherencia con el tema, así como con el argumento de la historia. Además, no hay nada más frustrante que empezar a intuir que un hecho dramático u horrible va a suceder y que, antes de que tire de ese hilo argumental, zas, se rompan la tensión y el misterio sin razón aparente. Ser demasiado precavido en hacer sufrir al lector es contraproducente.

No obstante, es importante para la trama tejer distintos hilos argumentativos que construyan la historia a partir de personajes, tensiones, callejones sin salida y detalles, algunos para despistar y otros con gran peso en la historia, que vayan conduciendo poco a poco al lector. De esta manera conseguirás que el interés y la tensión se vayan gestando de manera incremental y que, al final, el lector se sorprenda, al no haber logrado intuir cual era el gran y sorprendente final que le tenías reservado.

¿Te ha pasado alguna vez? ¡Cuéntanos!

En fin, esperamos que la pifies a lo grande, y que, además, nos lo cuentes. ¡Un saludo!

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