Bitch better have my money

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Me he llegado a plantear enviar el vídeo de Rihanna a algún escritor en ciernes. Os adoro, pero venga, vamos; ¡¿donde está la pasta?!

Carlos es un joven de veinte años que vive con sus padres, debería estudiar e ir a sus clases, pero pasa en moto de hacerlo y, en vez de eso, se dedica a salir con sus amigos de fiesta y vivir locas aventuras.

– ¡Eh, Charly! – su amigo Tom acaba de salir de su coche y le saluda efusivo.

– Eh, tío, a ver si te cambias de coche, eres un manta, mira el pedazo de Ferrari que me he agenciado.

– Bua, chaval, ¡qué pasada de coche! Me enrolla mazo. Oye, esta noche hay fiesta en la casa de la Vane.

– ¡Genial! Dile que llevaré un kilo de cocaína y unas botellitas de ron de veinte años.

– Tío, ¡qué grande eres!

Bueno, voy para casa, que están mis viejos muy pesados. Todo el día diciéndome que estudie, que trabaje, que soy un vago y no hago nada.

– Joder, que fuerte. ¿Te ha vuelto a dar tu viejo?

– No, pero joder, estoy harto, desde que está en el paro está insoportable el tío. No lo soporto, tengo unas ganas locas de acabar los estudios e irme de casa.

– Ya te cuento tío, ¡qué ganas!

Una novela es un mundo de ficción, sí, pero hay que mantener la coherencia. Si el protagonista tiene dinero para emborracharse, drogarse, ir a festivales internacionales de música, viajar a Egipto, o comprarse un Ferrari, éste, debe de venir de algún lado para que tenga cierta lógica para el lector. Si hay demasiadas incoherencias, el lector se sale de la lectura totalmente, pensando en lo absurdo que resulta lo que está leyendo. Un mundo de ficción ha de respetar ciertas lógicas. Y no, no cuela que, para solventar el error, diez páginas después coloques lo siguiente:

– Charly, ¡cómo me flipa tu Ferrari! – dijo Tom, nada más sentarse en el asiento de copiloto y respirar el aroma a cuero.

– Sí, ¡que guay!, ¿te acuerdas cuando, hace un año, era un joven con un presupuesto normal? – preguntó Carlos, dichoso.

– Sí, ¡menos mal que hace unos meses te tocó la lotería! 

– Sí, jo, menos mal, ya pensaba que iba a tener que reescribir toda mi historia, ahora todas las piezas encajan perfectamente.

– Ya, menos mal, ¿nos vamos a Canadá de viaje para hacer más entretenida esta novela?

– Venga, yo invito.

Cualquier argumentación pobre, lejos de encarrilar la narración, logrará causar el efecto contrario. Es como cuando faltas un día a clase para irte a la playa. Da igual lo que argumentes después, ya se te ha visto el plumero. Si ya hay una incoherencia, o creas una argumentación brutal para solucionarla o te toca rehacer la novela desde el principio.

Entre las posibles argumentaciones absurdas que puedes usar para acabar de destrozar tu novela, te sugerimos alguna de las siguientes: al protagonista le tocó la lotería, se encontró un cofre de oro, heredó propiedades y dinero de los abuelos directamente porque éstos curiosamente odiaban a sus hijos, alguien le regaló un millón de euros porque le sobraba el dinero, …

Solamente Edmond Dantés tiene la potestad para recibir infinito dinero de una manera bastante inverosímil. E incluso él recibe este dineral porque el dueño muere, nadie es tan majo como para donar infinito dinero en vida. Nadie, nunca. Si utilizas alguna de estas argumentaciones pobres, lo siento, pero será como decir que tu perro se comió los deberes y por eso no pudiste entregarlos a tiempo. Y sí, lo sabemos, «se han visto casos» dicen las abuelas, y, en ocasiones, en efecto, la realidad supera la ficción. Pero, así es, la ficción tiene unos límites que la vida no y que deben ser respetados si quieres que los lectores puedan sumergirse en tus historias.

En fin, esperamos que la pifies a lo grande, y que, además, nos lo cuentes.

¡Un saludo!

 

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