Pon un/a gilipollas en tu vida

 

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En las novelas de los escritores nóveles abundan los personajes descafeinados, personas agradables y normales, alejadas de clichés, personas tan reales como tu cartero, y tan aburridas como él.

John es el héroe, es un chico normal, treinta años, moreno, alto, delgado, guapete, así, más o menos como el que escribe la historia. Está enamorado de Julia, guapa, rubia, también tiene treinta años, y trabaja de dependienta en Zara. Julia es una chica muy agradable que cuida de su abuelita y queda de vez en cuando con sus amigas para tomar un par de cañas, no demasiadas, y reírse de la vida. John trabaja como programador informático e, inesperadamente, será testigo de un grave problema informático. Un nuevo y peligroso hacker está introduciéndose con sigilo en las webs de las empresas a las que da cobertura la empresa de John y robando información para, después, chantajear a las empresas. Al principio, John testifica ante la policía y, poco a poco, se irá introduciendo en el mundo policial, experimentando algunas situaciones peligrosas y, por supuesto, provocando que Julia salga salpicada de todo esto. Por otra parte, Julia, en vez de enfadarse porque el petardo con el que ha quedado a tomar un café la meta en un problema, estará encantada por la adrenalina de toda la situación y se irá enamorando poco a poco de John. No obstante, después de cincuenta páginas de personajes normales, policías sin segundas intenciones, una Julia más transparente que la ventana de mi baño, un John descafeinado, varios amigos y familiares normalitos, que aparecen sencillamente para que sepamos que existen, pero que parecen fotografías de tiendas de decoración, el lector comienza a perder poco a poco su vida. «Por favor, ¡devuelve la vida a tus lectores!» gritará John, desesperado, desde algún lugar escondido de tu cerebro.

No se me ocurre mejor manera para pifiarla en una novela que utilizar personas que no inspiren emoción alguna en los lectores. Pero, si quieres que tu novela funcione, deberás dejar de escribir personajes amables y adentrarte en el mundo de los personajes insufribles . Serán la cúrcuma y el pimentón de tu novela. Inspirarte para encontrar personajes especialmente denostables puede parecer complejo, pero nada más alejado de la realidad, si vives en España tan solo necesitarás ver algún que otro telediario, ahí encontrarás todo un filón. Parece broma, pero no, observa bien las frases que utilizan, cómo se expresan y mueven, qué lenguaje corporal manejan y úsalo para crear tu personaje. 

Nunca hay que subestimar el poder de atracción que tienen esos personajes inaguantables que despiertan malestar, incomodidad, rabia, asco o incluso odio acérrimo en los lectores. Se trata de personajes ruines, que destacan, normalmente, por ser dobles, crueles, o tal vez, sencillamente, muy estúpidos. Qué sería del universo literario sin personajes tan inaguantables como Lydia, de Orgullo y prejuicio (obra sustentada por memorables gilipollas), Fernand y Danglars, de El conde de Montecristo, o Emma, de Madame Bovary.

En definitiva, los personajes tienen que despertar emociones en el lector. Da igual que sean muy chungas, de hecho, eso es incluso mejor. El enganche emocional hace que tu lector quiera que alguien mate al cabrón ese, se vengue de la tía chunga que es muy cruel con los hombres (o viceversa), se tire a la persona que es pura genialidad en sus comentarios, e insulte al cuñado insoportable y medio lerdo.

En fin, esperamos que la pifies a lo grande, y que, además, nos lo cuentes. ¡Un saludo!

 

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