Donde dije digo, digo Diego

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«Yo estaba comiendo un delicioso guiso de verduras con carne. Mi preferido. Saboreo cada bocado mientras miraba a mi chico, que me contaba movidas de su trabajo. Pensé que debería asentir con la cabeza, para aparentar como que le estaba escuchando, cuando, en realidad, no estoy haciéndole ni caso. Yo continuo en mi paraíso gastronómico mientras cambio de tiempo verbal más que de bragas. Me preguntaba qué estaría pensando el escritor al ponerse al escribir una novela de unas ochenta mil palabras sin detenerse a pensar, antes, en qué tiempo desea que suceda la acción. Ceñirse a un tiempo verbal es algo muy vintage, mejor saltaré del presente, al pasado de manera inconexa e indeterminada, cual Marty McFly.

– Cielo, ¿entonces?

– ¿Entonces? – mierda, no sé qué me ha preguntado.

– Que si te parece bien lo del sábado…

– Eh, sí, claro, por supuesto, genial. Lo del sábado, claro.

– ¿Fuimos este sábado a comer en ese restaurante italiano que tanto te gusta?

– Querrás decir vamos, no fuimos. Porque si no, no se entiende nada…

– ¡Pues eso digo yo!

Diego se percató de que Lucía no había escuchado nada de lo que estaba diciendo. No obstante, eso no le pareció tan grave como el hecho de que cambiase el momento de la acción de manera significativamente molesta.»

Está bien, reconozco que yo misma tuve este problema en mi primera novela. Decidí cambiar el tiempo en que transcurría la acción después de haberla terminado, y claro, al cambiar unas sesenta mil palabras de un tiempo a otro cometes errores, te saltas sin querer alguna palabra. Necesitas varias correcciones para pasar el 100% del texto de un tiempo verbal a otro y no dejar ni rastro de posibles erratas. No os mentiré, es algo terriblemente aburrido y denso. Es por esta razón que hay que trabajar en esa planificación previa a la novela, es vital que determines cuándo suceden los acontecimientos que vas a narrar y te ciñas a ello.

Marear al lector con los tiempos verbales es algo que empañará tu obra. Si la lías en algo tan básico como los tiempos verbales (no te voy a dorar la píldora) vas a cabrear a tus lectores. Y es una pena que por unas erratas se pierda totalmente el hilo de la historia y la calidad de la narración que has creado con tanta dedicación y esfuerzo.

En conclusión, presta mucha atención a los tiempos verbales que utilices. Si algo te suena raro es que, en efecto, está mal escrito. Simplificar las oraciones que utilices es algo que, eventualmente, te puede ayudar. También sirve tener un par de novelas en la mesa y leer alguna página de vez en cuando, mientras escribes.

En fin, esperamos que la pifies a lo grande, y que, además, nos lo cuentes. ¡Un saludo!

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